
En mi barrio, en Rosario, hay una carnicería que está cerrada hace años. La cortina metálica está toda rayada, con grafitis, pero nadie se anima a sacarla. Dicen que el dueño mató gente ahí adentro. Pero mi papá no me quiere contar bien qué pasó.
Un día, con mis amigos Lucas y Tobi, fuimos a mirar desde atrás. Había una puertita por donde antes descargaban la carne. Estaba abierta. Y claro… entramos.
Adentro olía mal. Pero mal de verdad, como a carne podrida o a sangre vieja. Había ganchos colgando del techo. Algunos todavía tenían sogas.
—Esto da asco —dijo Tobi.
—Callate, maricón —le respondió Lucas.
En el fondo había una cámara frigorífica. Yo no quería entrar, pero Lucas empujó la puerta y ahí estaba: una mesa de metal con manchas negras y algo como… pedazos de ropa.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Una remera… de chico —dijo Tobi, y se puso pálido.
Entonces escuchamos un ruido. Como clac… clac… clac…
Era el sonido de pasos, pero no de zapatillas. Era como si alguien arrastrara botas con sangre seca.
—Nos tenemos que ir —dije.
Pero la puerta de la cámara se cerró de golpe.
—¡Lucas, abrila! —grité.
Lucas giró la manija, pero no se abría. Y ahí lo vimos.
Era un tipo gigante, vestido de blanco, con delantal de carnicero. Tenía un cuchillo oxidado y toda la cara tapada con una bolsa de arpillera con dos agujeros para los ojos.
—¿Quieren que los corte en fetas? —dijo, con una voz ronca y asquerosa.
Lucas corrió hacia él y lo empujó. El carnicero le atravesó el cuello con el cuchillo. Y un chorro de sangre salpicó la pared.
Tobi empezó a gritar como loco, pero el carnicero le cortó una pierna. Cayó al piso chillando, dejando un rastro rojo.
Yo me metí abajo de la mesa. Cerré los ojos. Temblaba.
—Uno más… uno más para la colección —dijo el carnicero.
No sé cómo, pero en un momento me desmayé. Me desperté afuera, en la vereda. Solo. Lleno de sangre que no era mía.
Nadie me creyó. Dijeron que Lucas y Tobi se habían ido del barrio. Que se mudaron.
Pero yo sé lo que vi. A veces paso por la carnicería y me parece ver ojos mirándome desde adentro de la rejilla.
Y en mi ventana, cada tanto, aparece una palabra escrita con algo rojo:
“Falta uno”.