Memorias de un detective
Capítulo 1: Un día en la vida de un detective
Por: El bibliotecario de Alejandría
| Arte: Sebastián Ippolito

Esa mañana nublada, casi tormentosa, un hombre iba caminando a paso lento por una calle solitaria sin dejar de mirar un edificio viejo (pero aún habitable a pesar de los años) que tenía delante. Llegando a la fachada, Thomas, el hombre en cuestión, se detuvo pensativo durante cinco minutos; suspirando cansadamente, sacó unas llaves de su bolsillo y abrió la pesada puerta del edificio. Subió las escaleras hasta el segundo piso e ingresó a su departamento. Era un lugar espacioso, amplio, luminoso y, se podría decir, minimalista. Tenía dos habitaciones, un baño y un gran comedor. En lugar de mesa principal había un escritorio con dos funciones: trabajar y comer; sobre él, una foto y un teléfono fijo.
Thomas se sirvió un trago del whisky que estaba allí mientras miraba por la ventana cómo comenzaba a llover. Su tranquilidad se vio interrumpida cuando escuchó unos golpes en su puerta. Molesto por la interrupción, se levantó bruscamente y fue a abrirle la puerta al extraño. En la puerta había una mujer misteriosa y elegante; tenía un vestido negro, estaba maquillada y su cabello castaño estaba recogido con un moño de terciopelo.
–Buenas tardes, me dijeron que acá encontraría a un buen detective. ¿Es usted?
–Depende. ¿Tiene con qué pagar?
–Pago lo que sea porque estoy desesperada.
–Entiendo, pase por favor –dijo suspirando.
Ella, angustiada, le explicó su situación:
–Mi hijo de 17 años desapareció hace dos días y no lo encuentro.
–¿Dónde y cuándo lo vio por última vez? ¿Hizo él algo distinto, fuera de lo normal estos últimos días? ¿Habló con amigos y familiares?
–Mi hijo tiene dos amigos cercanos, pero uno se fue a vivir al extranjero y al otro no lo veo desde hace dos semanas. Tiene una exnovia que tampoco aparece hace dos días, igual que él. Y la última vez que lo vi estaba hablando con alguien sobre una fiesta a la que lo habían invitado.
Con toda la información que ella le había dado, el hombre se puso a pensar y le respondió:
–Veré qué puedo hacer, pero no le garantizo nada. Si quiere un milagro, vaya con la policía.
La mujer le agradeció y le dio una parte del dinero por el servicio. El hombre la tomó, la guardó en un cajón e inició la investigación.