
Gente tocando las puertas, viajando en bondi, en remís o caminando apenas unas cuadras para ir a donde se realizan las juntadas. La música a todo volumen, una cumbia o un cuarteto que endulza el oído; las jarras de fernet cortadas con cuchillo “a lo villero” pasando de mano en mano (se ve que la marca no importa mucho, pero siempre está un Branca en la mesa con ese sabor amargo amaderado de típica bebida cordobesa, con una dulzura de Coca cola o Pepsi). En noches de verano, donde la humedad y el calor son una presión constante, los familiares y los vecinos llegan atraídos por ese olor característico que todo argentino reconoce con delirio de hambruna, esperando con ansias la ahora en la que pongan la carne, hablando como si fuera que no se ven desde hace años, aunque algunos se vieron hace poco o nunca se conocieron. Con una soltura que rompe el hielo, como esas picadas con papas Lays o berenjenas caseras con pan, con un goce de amor por parte del asador, quien siempre está a la merced de los invitados buscando que todos estén contentos con la comida o con el ambiente hogareño.
Las mesas, separadas en adultos y niños que juegan a la pelota o a la mancha, en los patios y afuera de su casa, mientras los adultos preparan las mesas para esperar el plato principal. La mesa adentro o afuera de casa sin importar la luz de la calle ni la de sus hogares. Siempre un grupo de familiares o personas sentadas en sillas hablando afuera de sus viviendas, invitando a más vecinos de la cuadra a la mesa. Algo que es muy lindo de ver, más sabiendo que falta poco para comer cuando unos de los niños dicen que ya están a punto de sacar el asado, que chilla con un sazón que solo conoce el asador, quien parece que no revela la receta, pero el aroma invade toda la cuadra, como si el viento y el humo estuviesen bailando en el cielo, como si esta reunión fuera una obra de teatro, con matices de distintos colores y olores, donde nadie pelea, aunque sí debaten de política, familia o fútbol (en su mayoría los varones).
Parece que es mucha ciencia producir una de estas reuniones, pero algo característico es que nadie llega con las manos vacías: no sé si es costumbre de las enseñanzas de los padres o de los abuelos pero siempre llevan bebidas, ensaladas u otro corte de carne como vacío, achuras o, simplemente, un condimento. También hay incomodidades, como la típica tía o abuela que pregunta: “¿Para cuándo el/la noviecito/a?”. Aunque parezca que no, algunas personas se enojan por alguna pregunta así, pero siempre pasan de largo como si fuesen un trago amargo de fernet, o cuando hacían karaoke que siempre alguien quería que todos canten pero no había ganas. También está el tío o el abuelo que se pone en pedo y es el furor de las risas. Y viene el momento que todos estamos esperando: la hora de comer, ya cuando lo único que queda en la parrilla son panes tostados al carbón. En ese momento, sucede lo que le asador estaba esperando: “el aplauso para el asador”, esos aplausos que indican la hora de comer y de agradecer a la persona que cocinó y organizó la juntada, porque, como se deja ver, todos comen lo que quieren y lo que les gusta repartido por el asador, como choripán, mollejas, vacío o un matambre a la pizza que se te deshace en la boca, pero siempre todos en armonía porque lo que hace importantes a estas juntadas es la convivencia de la gente y la felicidad que se transmiten. Aunque no todos son perfectos, en esa mesa no hay ningún imperfecto; solo están todos los que entraron para sentarse, porque estar ahí es considerarse parte de la familia.